Llegó un martes,
nos levantamos sin siquiera rozarnos,
nos vestimos sin siquiera mirarnos,
cuando antes,
nos desvestíamos devorándonos con la mirada.
Ese martes, nos despedimos sin siquiera hablar,
fue entonces cuando lo supe,
los dos, como uno, estábamos abocados a desaparecer,
y el cielo no lo entendió.

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