He llorado sin saber por qué. He sido suicida al borde de tu vida, dejando a ras de hielo la mía. He anudado mi cielo a tu anhelo, desnudándome la piel, dejándome la hiel en deshelar cada pedazo de deseo hecho añicos. He apuñalado corazones de acero y he terminado con la daga en la mano, pero ninguno, ninguno, me ha hecho tanto daño como el tuyo. He caminado perdida, derruida, vencida. He creado tempestades en la calma de tus abrazos, jugando a ser inmortal, pero me ardió la luz que golpeaba cada uno de los cristales rotos que dejaste. He buscado en otras pieles escapar de las cien lunas que surcamos cada noche. He conservado botellas esperando momentos que nunca llegaron, derramando cada gota de vino sobre otros labios.

Vivo reclamando daños de años bañados en desengaños porque aún tengo facturas pendientes, el deseo cosido a tu piel, tu nombre tatuado en la sien, caminos sin salida tras tu huida, sed de tus labios, miedos por resolver y apuntes sobre tu cuerpo sin completar.

Solías ser la solución a mi adicción, ahora decadencia progresiva, tras perder la acreditación para vivir en tu saliva. Intenté desengancharme de prisa de la prosa de tu brisa. Intenté dejar de vivir aferrada a las cenizas de tus ganas.

Y, ¿sabes? Ahora mis dudas van y hieren a cada uno de mis latidos. Ahora, ahora que te he perdido solo pienso en doblar la apuesta, pues muero conteniendo apuestas, cuando con tenerte ganaría.

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Todavía

Todavía no te conozco, pero ya tengo mono de ti, pura ironía. O quizás sí. Quizás ignore que ya te conozca, quizás incluso tú también me conozcas a mí. Tal vez, las palabras quemen por dentro cada vez que sin saberlo me cruce contigo. Tal vez hayamos compartido miradas, sin llegar siquiera a vernos realmente. Puede que haya estado viviendo con el deseo anclado a las nubes, matando alas y calando anclas. Y aun sin saber quién eres, te piense cada noche, cada noche sueñe, sueñe con la idea de amarte, amarte para encontrarte y perderme, perderme entre cada una de tus caricias de algodón. Quizás llegues tarde a la cita con mi corazón, pero voy a parar el reloj, mientras entre libros ando esperándote. Ven, sé la revolución de todas mis lunas, la luna de todos mis besos, y sintámonos a más de diez mil constelaciones de distancia.

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París

París. Desde la ventana de nuestro hotel vemos anochecer. Diez horas. Ese el tiempo que nos queda hasta que esta realidad nuestra, hasta que la irrealidad sobre la que nos sostenemos, se desvanezca.
Tú, volverás a tu piso y será ella la que esté contigo, no yo. En cambio yo, volveré a mi rutina, donde será difícil olvidarnos, agotador desvanecer todos y cada uno de los instantes que hemos compartido, imposible dejar de pensar en uno solo de los segundos de estos últimos días.
Necesitamos más horas, más minutos, más segundos. No son suficientes veinticuatro horas para querernos, para devorarnos, para sentir la piel del otro o el sudor de nuestros cuerpos abrazados.
La espera hasta el próximo encuentro se vuelve eterna.
No te vayas,
quédate un poco más.

Nuestros labios juegan a quererse,
comienzan tanteándose tímidos,
para acabar empapados en una calurosa lucha a la que se une cada milímetro de piel.
Aprovechemos, bajo estas sábanas, el tiempo que nos queda,
sin hablar,
porque eso,
no lo necesitamos.

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Nunca seguiste ninguna de las normas de viaje. Y ninguna estación correspondía con la línea que conectaba los lunares de tu espalda. Solías esperar fuera del andén, solías jugar a desprenderte, a perderte, a depender del desdén, a ser efervescente, a pretender retenerme. Y fue así como terminaron en el contenedor de las dudas todas tus sugerencias y todas tus absurdas reclamaciones. Descarrilaron inspecciones y controles tras los que una y otra vez volvíamos a empezar. Asientos reservados a los celos, retrocesos claros encargados de vislumbrar como todo aquello se acababa. Tú, a pesar de tener prioridad total, destrozabas grafitis, dibujando con tizas trazos de suturas hechas trizas.
Cuántas salidas de socorro necesitaba romper para que vieras que a gritos estaba pidiendo ayuda. Y es que yo solía viajar en dirección contraria a tu risa, cediendo el paso a tus errores, parando ante cada emoción, pero siempre terminaba repitiéndome las mismas palabras: en caso de emergencia tirar las dudas del corazón suicida. Intenté rebasar la línea que separaba tu cielo del mío. Corrí para no perderte, busqué aliento y solicité tu parada, no te alcancé. Te busqué en objetos perdidos, pero el frío comenzó a controlar a todos los no se permite que congelaban mareas atrapadas en la arena. Iban ya cien cristales sin reflejo, viviendo en blanco y negro, esperando encajar en tu mundo gris. Y yo, harta de cada una de las condiciones del viaje, seguí viajando sola, sin título de transporte.

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Pensé reclamarte febreros repletos de te quieros, pero sospeché no necesitarlos, cuando la duda quemaba en veranos llenos de ecos vacíos tras tu exilio.

Pensé reclamarte caricias de madrugada, pero tus besos ya volaban raso, congelados, acostumbrándose paso a paso, a ese frío tan cálido y tan poco válido.

Pensé exigirte todo de ti, nada de mí, pero sola, regresaba al inicio, perdiendo de vista los indicios, bloqueando cualquier posible reinicio.

Pensé pedirte una respuesta que desordenara mi vida, una señal para pensarte o una noche sin reproches en la que reemplazar una a una las espinas de tus promesas perdidas.

Y sin embargo, mientras me dedicaba a pagar el precio de cualquier recompensa con tal de sentir tu aliento de nuevo, me pregunté, cuándo fue la última vez que hice algo espontáneo, la última vez que dije te quiero, o la última vez que me creí el amor de mi vida.

Y tú, ¿cuándo fue la última vez que hiciste algo espontáneo?

Ella, que respira sola y hace crecer amaneceres a su paso.

Ella, que parpadea y ve universos donde llueve poesía, donde el silencio contra las paredes no retumba.

Ella, que derrumba insomnios y deja atrás miedos cuando camina soplando dientes de león.

Ella, que sigue el camino del ritmo de su corazón y el compás de labios que suspiran razones.

Ella, que cultiva cada latido vivido, viviendo a centímetros del cielo, mientras va pisando el suelo con sueños por cumplir.

Si quieres, puedes.

Solía mirar las nubes buscándote. Solía lanzar miradas que corrían a esconderse bajo tu piel. Solía pensar en una vida en la que la brisa cubriera cada uno de los días grises que nos rodeaban. Solía superar noches frías en las que ni siquiera nuestras manos se rozaban por miedo a no encontrar las palabras adecuadas. Solía desatar tempestades tras mirar como a través de mares de cristal ahogabas penas y soltabas lastres que pesaban demasiado. Solía guardar inseguridades que tú alimentabas y pensar en inviernos, esperando veranos mejores. Solía creer demasiado, pero a través de errores, de tropezar en tu piedra, en esa debilidad que creé basada en ti, terminé aprendiendo. Aprendí a decidir volar sin ti, aprendí a atacar instantes vacíos y a llenarlos de mí, aprendí que tus recuerdos ya únicamente eran eso. Aprendí a no aferrarme a tu rutina, a encontrarme, a poder con todo. Y fue entonces, cuando venció nuestra fecha de caducidad, se esfumó aquel nosotros. Te dejé ir sin rencor, y después de tu juego, aposté por mí.

Mundanas volteretas

Confío en las vueltas que da mi mundo,
mundanas volteretas en las que vuelvo a comprender lo que esa piel quiere decirme,
aparezco a cuestas de mis tiempos pasados,
pasando de imaginar lo que tus credenciales imponen,
mientras redacto acertijos que espero resuelvan tus manos.